El caso de Leslie Jones y la triste realidad del racismo en las redes sociales [Opinión]

Yo no hice nada para merecer esto. Es demasiado. No debería ser así. Estoy tan lastimada ahora mismo…

Esas fueron algunas de las líneas que Leslie Jones, comediante que saltó a la fama en Saturday Night Live, utilizó para decirle adiós a Twitter tras ser objeto de uno de los ataques más crueles, cobardes y descarados por parte de un grupo organizado de usuarios en la red social. ¿El crimen de Jones? Aparentemente el haber aparecido en la nueva versión de Ghostbusters.

He hablado anteriormente del inexplicable y visceral rechazo hacia esta película, encabezado principalmente por fans de la cinta original de 1984 expresando una devoción derivada en misoginia, pero el particular suceso experimentado por la actriz de comedia degeneró en una apología al racismo y al odio que parece haberse tornado en una norma aceptable de conducta en las redes.

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La presión sobre Twitter no se hizo esperar. En un mundo que se pronuncia constantemente contra el bullying a través de múltiples campañas sociales, era de esperarse una reacción contundente por el hecho de que la víctima de los ataques es una figura pública bajo los reflectores de un estreno cinematográfico global. La persona más prominente como instigadora de los ataques contra Jones fue Milo Yannopoulos, un editor en el sitio ultraconservador Breitbart que ha saltado a la fama por su retórica agresiva contra los liberales del mundo, hecho que le había valido múltiples admoniciones en la red social con anterioridad.

La cuenta de Yannopoulos fue clausurada, al igual que la de otros prominentes trolls cuyos mensajes de odio hacia Jones hacen ver la quema de cruces por parte del Ku Klux Klan como una mesurada muestra de disparidad ideológica. Instagram también suspendió la cuenta del agresor, refrendando la idea de que hay que unificar una política de cero tolerancia en torno a esta clase de agresiones. El victimario quizo adoptar la posición de víctima, equiparándose con los humoristas franceses de la revista Charlie Hebdo asesinados el año pasado y con otros ejemplos igualmente absurdos.

Al analizar las excusas de quienes atacaron a la protagonista de Ghostbusters podemos notar un cinismo y una distorsión de los hechos que, tristemente, se ha convertido en la respuesta de rigor ante acusaciones válidas en torno a casos claros de misogonia, xenofobia, racismo e intolerancia: “Las figuras públicas deben aceptar las críticas, por duras que sean… Ser políticamente correcto es un extremismo más de la agenda liberal… ¿Dónde quedó el sentido del humor?… La libertad de expresión me permite decir esta clase de cosas y estoy siendo víctima de la censura…”, y así por el estilo.

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Este último argumento es el más peligroso en el discurso social de la actualidad. Quienes hablan de “libertad de expresión” e invocan la Segunda Enmienda constitucional ignoran convenientemente que fue establecida para evitar la supresión de libre pensamiento por parte del gobierno. No tiene nada que ver con comparar a una mujer afroamericana con un simio, ni exigirle que se embarque de vuelta a África, ni invocar a los “buenos tiempos” en que “tendría que ser linchada” por el solo hecho de defenderse.

El colmo de la ignorancia en torno al vergonzoso ataque contra Jones no para ahí. Aún después de lo ocurrido existen personas, desde gente común y corriente hasta vloggers y miembros de los medios, que alegan que la reacción de la mujer fue “exagerada”, que debería ignorar a sus antagonistas e incluso que todo el lío fue urdido por los estudios a cargo de Ghostbusters para generar polémica en torno a una película “que no debió existir”.

Esta clase de guardianes autonombrados de la pureza del Séptimo Arte son tan sólo un pequeño apéndice dentro de un problema radicalmente más grave. Vivimos un momento histórico de confluencia entre la visión de Umberto Eco sobre las redes sociales y el filme satírico Idiocracy, del director Mike Judge. Eco expresó su honesta opinión de esta forma: “Las redes sociales dieron a legiones de idiotas el derecho de hablar cuando antes sólo lo hacían en el bar tras unas copas de vino, sin dañar a la comunidad”. Un juicio muy duro, pero no carente de pruebas a favor después de hechos como los experimentados por la comediante.

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El segundo punto, pese a todo, es más preocupante. En Idiocracy vemos a un hombre que despierta de un sueño criogénico dentro de 500 años para descubrir que el mundo no ha evolucionado, sino que se ha convertido en un habitat que celebra la ignorancia, la carencia de sentido común, el consumismo desmedido y la degeneración de la especie en base a la indolencia y a permitir que la estupidez se disemine por doquier. El gobierno de los idiotas, literalmente. Lo penoso es que Judge ubicó este escenario en un futuro distante… mientras que hay indicios de que ya estamos inmersos en el despertar de este distópico entorno social.

Jones volvió a las redes un par de días después de anunciar su salida, probablemente dispuesta a enfrentar con aplomo a quienes insistan en atacarle a futuro. No pasa desapercibido el hecho de que es la única persona involucrada con Ghostbusters que recibió este reprobable tratamiento por parte de un sector de “seres insignificantes”, como los describió el productor y comediante Dan Aykroyd al defender a su colega. Ninguna de sus tres coestrellas femeninas, ni el director Paul Feig, sufrió un abuso tan grande. El componente racial fue un claro detonante, a juzgar por lo anterior.

¿Qué podemos hacer los usuarios comunes y corrientes al respecto? Algo muy simple: apoyar a quien sea objeto de tratos similares, condenar a quienes promuevan este comportamiento e intentar instruir a los seres más obtusos en las redes sobre la realidad de la libertad de expresión. Si uno visita un restaurante y se pone a insultar a los comensales y al chef, lo único que va a lograr es ser expulsado del establecimiento en cuestión, ¿cierto? Eso no es ser “censurado”, es mera consecuencia lógica de romper con el contrato implícito que se acepta al ser miembro de una sociedad. Twitter hizo lo correcto. Ahora es cuestión de que los trolls del mundo acepten las posibles repercusiones de sus actos.

Y por último: bienvenida de vuelta, Leslie. No cedas terreno, no estás sola en esto.