Gustavo Cerati: el argentino que llevamos

“¡Qué alegría: se murió Cerati!”, leía profano el muro de un amigo en Facebook, a quien por poco borro de un click, pero, y sí -¿cómo escribir sin sus palabras?- “pensándolo bien, sé que siempre supe el desenlace. No es momento para ser cobardes”, recordé. Y me reconfortó la certeza de que ya todo estaba escrito. Entonces me colgué el vestido de Lucy y me lancé, como millones de almas en trance, al sublime rito de poner canciones tristes para sentirme mejor, desordenar átomos suyos para hacerle aparecer.

Hago constar sin remilgos que yo era de las utópicas optimistas, de las que aún con los pies en la tierra soñaba con estrellas y esperaba cualquier cosa de Gustavo, porque creo en lo imposible. Y porque lo cierto es que le conocí, fuimos cómplices y amigos. Sé de primera mano que su luz era de un fluorescente y único azul. Su palabra un láser implacable. Manejaba una vertiginosa personalidad que modulaba con silencios y acertijos incendiarios. Era mágico. Y sí, parecía una aparición de Principito al que daban ganas de soplarle los rulos, como a un heliotropo, para desparramarle todas las neuronas.

Que Gustavo fue -tal y como quedó declarado y demostrado en su trabajo final- simple y llanamente una fuerza de la natura, no hace falta explicarlo más, porque ya queda clarísimo. Cerati vive en el aire, en los acordes de una guitarra, en toda América Latina ya convertida en una enorme ciudad furiosa, en las matemáticas de su poesía, en la hermosa Buenos Aires, en la conciencia y los deseos de dos, y creo que no exagero si digo que tres, generaciones de hispano pensantes.

Se impone un rewind obligatorio, y no deja de alucinar cómo la obra, y puntualmente muchas de las canciones adquieren un carácter premonitorio. Encender la música de Gustavo es como prender un cigarro especial que permite leer los pormenores de un querido diario íntimo que es de todos. Gustavo se largó el prodigio inexplicable de disectarse el alma en palabras y notas, pública e impúdicamente. Lo hizo de un modo tan honesto y personal que consiguió mostrarnos quiénes somos y cómo nos sentimos, incluso antes de que lo fuéramos y lo experimentáramos, como si cualquier cosa.

Su música ligera -esa sustancia gaseosa de la Soda, el impecable y elástico trabajo periférico y posterior- se coló en nuestras mentes y entrepiernas con una suave potencia que nos depositó siempre en plácidas playas de relojes de arena. Esa simplicidad hiper sofisticada tan suya, macroporno intenso, tuvo la osadía de violar nuestra imaginación con un convoy espacial que es un oráculo de verdades que son prismas, y que -incluso ahora- revelan nuevos colores para santificar.

¡Cuánta audacia hay que tener para largar semejante imaginario! Soñar con cambiar el mundo y vivir para cambiarlo, creerse invencible y serlo aunque sea por un momento en los pliegues del tiempo, sacar belleza de este caos, dejarnos a todos tan extasiados a punta de acordes y apuntes, de osadías y encuentros, de puro empeño en usar el arte como un puente, la ternura como arma, el rock como medio de rodaje, la electrónica como código. Pocas personas han abandonado su “uniforme de piel humana” iluminados con tanto resplandor.

Alguien comentó que Gustavo era tan adelantado que, después de caer, se quedó para consolarnos por su partida. No sé. A veces pienso que se las arregló para reponer las noches perdidas durmiendo por cuatro años. Quizás se los debía a su familia, porque nos había dado todo el tiempo a nosotros. Otras veces prefiero no pensar en el enigmático final (“no habrá un buen final, pues sólo sabemos comenzar”) y me enfoco en la sucesión de comienzos, en la onda expansiva de su supernova, en el ángel eléctrico. ¡Cuánta paciencia hay que tener para tornarse en polvo de estrellas! El caso es que ya, libre al fin, nos liberó también a todas las almas que mantenía en vilo en varios confines del planeta. Queda desnuda, llanamente planteada y expuesta la única verdad, que no para de crecer y gira tornasolada como un loop.

Gustavo Adrián Cerati Clark cruzó parsimoniosamente el puente y se las arregló -de un modo tan prolijo como perfecto- para convertirse en el argentino que todos llevamos dentro.

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